¿Cuánto lastima la simulación a nuestro México?

¿Qué es lo que vale más la pena: vivir el sueño de la realidad o el sueño de la simulación?

Jean Giraud, Ilustrador francés.

 

Vivir en este país es una vil simulación. La sociedad aparenta vivir bien, como si no tuviera problemas de ningún tipo, o como si nada le afectara. Muchos ciudadanos fingen estar cómodos con el sistema político que los gobierna, el cual condiciona programas sociales, impone impuestos a una ciudadanía que a nivel mundial es de las que más trabaja y menos recibe salarialmente, y peor aún, la clase política que se enriquece de manera ilícita, informa en cadena de televisión abierta, una de las tesis más irrefutables y serias (según ellos): “La gallina de los huevos de oro, se acabó”.

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La mayoría de los mexicanos de la clase media (si es que aún existe) alcanzan a vivir en un casa de Infonavit que se pagará en varias décadas; se desplazará en uno de los autos más baratos, pero más inseguros que hay en el mercado, me reservo citar las líneas y modelos; el promedio ciudadano verá televisión en una pantalla de entre 20 y 24 pulgadas, usará un smarthphone de tecnología que no alcanza a explotar en funcionalidad, comprará la despensa del hogar en tiendas de “ahorro”, y con seguridad dará educación a sus hijos en escuelas públicas, la mayor de las veces con el optimismo de que les irá bien en la vida, es decir, que los estudiantes de educación básica lleguen a la Universidad, conquisten un “muy buen trabajo” para que accedan a mejores cosas y estilos de vida con mayor comodidad que los padres no tuvieron y siempre anhelaron. Creemos que estamos bien, pero no es así, y eso es simulación.

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Es por eso que dedico esta columna a la simulación social que todos alimentamos, la cual está por todos lados: en hospitales, en carreteras, en programas de asistencia social, en promoción de la cultura, en el ejercicio de la ley, en la gobernabilidad, en el mítico “estado de derecho”, aunque me centraré un poco sobre la simulación en la educación.

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Para empezar, en México existe una Constitución de Leyes, algo “parchada” al antojo de los poderes hegemónicos, pero existe. En el interior de su cuerpo, casi al inicio, en el artículo 3° aborda el tema de que la educación que se ofrezca en nuestro país deberá ser laica, gratuita y obligatoria para todos, esto es falso.

GRATUIDAD

Todos pagamos cuotas por una educación, no se garantiza el abastecimiento de recursos educativos que mejoren el proceso aprendizaje-enseñanza. Sencillamente, en nuestro país a diferencia de otros, todo aquel que quiera ir a una escuela tiene que tener dinero, si quiere alguna escuela más exclusiva, tiene que pagar más; si se requiere el uso alguna herramienta como computadora, proyector, internet, microscopio, etc., habrá que destinar más dinero para acceder a dichos instrumentos.

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OBLIGATORIEDAD

La obligatoriedad de la educación también se queda únicamente en papeles, pues ni el Estado ni los padres de familia o tutores hacen cumplir el que todo niño mexicano asista a clases que mejoren su nivel académico, pero sobre todo, forme el carácter del infante. En las calles de todo el país es impresionante la cantidad de niños que trabajan limpiando parabrisas, haciendo acrobacias, vendiendo chicles, o peor aún, son “carne de cañón” para grupos delincuenciales.

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MALINCHISMO Y LAICIDAD

A lo largo de la historia hemos sido un país objetivo de diversas naciones extranjeras que han logrado someternos, ya sea militarmente, ideológicamente y culturalmente. Desde la Conquista por los españoles, las batallas con los franceses, el Imperialismo de los estadounidenses, así como el Mercantilismo de los chinos. Alemanes, franceses, italianos, holandeses, canadienses han sabido hacer sus riquezas por medio de la explotación de recursos en nuestro México.

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Extranjeros han logrado definir nuestro sistema educativo de acuerdo a sus propios intereses. Cito algunos ejemplos como: cantar himnos de otros países en actos cívicos en escuelas públicas mexicanas; influencia sobre los contenidos de programas educativos; cancelación de asignaturas como Civismo e Historia Regional; promoción de carreras profesionales (mano de obra barata) de acuerdo a los negocios que instalen en determinada zona geográfica; alteración de hechos históricos en libros de texto para perder la conciencia nacional; así como promover la erradicación de nuestras costumbres y tradiciones mexicanas, por modas falsas y superfluas que son disfraz de un consumo desmedido.

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La incapacidad del Estado para garantizar la cobertura educativa, ha hecho que la educación se entregue a grupos religiosos y empresariales que diseñan sus propios modelos educativos que atentan contra el principio constitucional de laicidad.

Las becas y los apoyos que se otorgan por las fundaciones civiles, gubernamentales y privadas, son solo migajas simbólicas de inmensas utilidades que un grupo político-empresarial hermético, “dona” para evadir impuestos, no tanto por el sentido filantrópico o humanista que nace por ayudar a los que menos tienen.

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Simulando, los gobiernos gastan más dinero público en viajes, publicidad, desvíos de programas sociales,  financiamiento ilegal en campañas políticas, fraudes electorales, compra de votos y ostentosidades que todo mexicano conoce.

Pregunto:

¿Acaso gastar 1 millón de pesos en tacos para una fiesta privada del ex gobernador Andrés Granier Melo, no es un estruendo de la clase política que la ciudadanía debe insistir en que no exista este tipo de despilfarros?

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¿Qué se piensa de un gobierno, como el del ex gobernador Miguel Alonso Reyes que gastó más de 311 millones de pesos en publicidad e imagen, dejando en banca rota las finanzas de Zacatecas?

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Por desgracia, lo anterior es parte de la realidad de nuestro país, vista desde una hendidura pequeña, que entre más se le busca, más se le encuentra, por ello, cada día es una oportunidad para abatir la simulación social en nuestra vidas, en nuestros trabajos y en las Instituciones que los mexicanos sostenemos. ¡Que no se pierda el optimismo!

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DER

velvetfusca@hotmail.com

@Velvetfusca

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